Lugares

Un vistazo a la Valencia de los tejados, campanarios y nubes

Fotos: Manolo Guallart | Texto: Javier Furió.- A salvo del salvaje ritmo cotidiano, deshumanizado e irreverente de la ciudad a ras de suelo; abstraído de cuestiones mundanas, de modas y debates alienantes; y, sobre todo, lejos de los cientos de murmullos artificiales que, agolpados como en inmisericorde manojo, maltratan nuestros oídos una y otra vez allá abajo.

El patrimonio arquitectónico que atesora la ciudad de Valencia regala a propios y extraños multitud de puntos elevados desde los que disfrutar la ciudad unos cuantos metros más arriba, adquiriendo una perspectiva que abre un universo de sensaciones e imágenes que, de otro modo, sería imposible alcanzar.

 

Es una Valencia de tejados, campanarios, gárgolas y torres, cúpulas y nidos…, en perfecta conjunción con el cielo que sólo supo o pudo atrapar el inolvidable Sorolla, junto a las nubes que, según dibuje en el lienzo azul la meteorología, completan un cuadro irrepetible. El azul del cielo de Valencia no lo hay en ningún otro lado, bien lo saben los pintores y fotógrafos. Algunos de estos privilegiados enclaves son accesibles para cualquiera, como en el Micalet. Otros sólo están al alcance de algunos que, como los ‘campaners’, los contemplan mientras arrancan en campanarios de Santa Catalina, San Esteban, Sa Martín, San Valero, San Miguel y Sebastián, los Santos Juanes, Santa Mónica, y tantos otros, la solemne caricia del sonido de las campanas.

En estas alturas se nos viene casi sin quererlo ni buscarlo un espectáculo diferente, único. El relativo silencio que nos proporciona la distancia y la grandilocuencia visual que se nos presenta delante hacen brotar en el afortunado espectador, como mínimo, una reflexión, una oración, a veces la poesía, un recuerdo…, sin interferencias ni intermediarios. Frente a frente con nuestra propia mente proyectada sobre el inmenso escenario.

 

Cada cual traducirá este momento, más o menos breve dependiendo de las circunstancias, conforme a su mundo interior le dé a entender. Algunos obtendrán el regalo de la comunicación más trascendente con Dios; otros, la constatación de lo minúsculo que resulta el hombre ante la inmensidad del mundo que le rodea; o adivinarán la estructura urbana de la Valencia musulmana y medieval, cuyos trazados perviven en parte a sus pies. En cualquier caso, una experiencia que merece la pena ser vivida.

 

Pero lo que es indudable es que, de una u otra manera, trascendiendo más allá de la panorámica o no, esta nueva manera de ver la ciudad nos da la oportunidad de alejarnos de todo y disfrutar de un momento que a buen seguro no se repetirá por mucho que lo practiquemos una y otra vez. Cada uno será único, un espectáculo en sí mismo. Por eso, la recomendación es clara para cuando paseen por las calles del centro de Valencia. Miren hacia arriba, busquen un punto elevado y suban a él.

 

 

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